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Anacreonte UCV

Caracas, Venezuela
06 agosto

Corrupción de Mayores (por: Roberto Hernández Montoya)

Hace un tiempo en los Estados Unidos pasaron a unos soldados el mismo test de inteligencia que se había aplicado a otros hace veinte y cuarenta años. Resultado: los reclutas actuales son más inteligentes que los de hace dos décadas, que a su vez eran más inteligentes que los de hace cuatro. Y, oh, sorpresa, se sospecha de la televisión.
 
Hace casi setenta años, cuando mi papá era un niño y vivía en Uracoa, entonces un pueblito del Estado Monagas, se enteró de la existencia del avión por unas estampitas que llevó un viajero. Así se sabía de las cosas en un pueblo sin electricidad, a donde los periódicos los llevaba fortuitamente un errabundo.
 
Mi abuela, doña Marcolina Zambrano, había estado en París en su mocedad para no sé qué feria internacional, es decir, era una dama expuesta a la tecnología de punta de su primera época. Pero cuando vio el avión de Lindbergh sobrevolar a Uracoa, salió gritando que venía el Armagedón. Obviamente, alguien que solo había visto en el cielo nubes, pájaros, astros y a lo sumo meteoritos y lluvias de estrellas, tenía que imaginar que un artefacto rugiente de aquel tamaño era un monstruo apocalíptico. No estaba dateada como mi papá, que siempre rio contando la anécdota.
 
Hoy un niño desde antes de nacer ha oído todo el espectro musical posible y apenas nace comienza a mirar un espectro de imágenes riquísimo. En cualquier música, por trivial que sea, está condensada la tecnología desarrollada por Bach y Mozart (pregúntale a cualquier arreglista) y en cada imagen está condensada la tecnología icónica desde las Cuevas de Altamira hasta Picasso. De un modo difuso, aun sin pretensiones estéticas. Lo demás es estimulación precoz, ese creador de inteligencia.
 
Los intelectuales nos hemos criado desconfiando de la televisión. Pero independientemente de los juicios estéticos que apliquemos al medio, pretendiendo comparar los designios de Sábado sensacional con los de Shakespeare o Virgilio, el hecho es que los niños que la ven se enteran de un conjunto enorme de informaciones, no solo de lo que sus ojos pueden mirar en su entorno. Igual ocurre cuando ven el periódico, las revistas, casi cualquier valla publicitaria. Lo que fue heroísmo estético para lograr lo que obtuvieron las vanguardias más encarnizadas, es experiencia trivial para un crío que ve casi cualquier valla publicitaria.
 
Porque no todo es miseria intelectual en los medios de comunicación. Hay un reglamento que reza que si los niños deben ver ciertos programas acompañados por adultos, quienes deben orientarlos. Pero uno ve a Ren & Stimpy, Beavis & Butt Head, Los Simpson, o escucha programas de radio como El show de la gente bella o Macho y no mucho (FM 92.9) y cae en cuenta de que debe ser lo contrario: el adulto debe ser acompañado por un menor de edad que le explique de qué se trata. Porque son demasiado inteligentes e iconoclastas para gente mayor que ha debido reconciliarse con ciertos valores porque de lo contrario la botan del trabajo o no puede convivir con el vecino, después de todo de algo hay que morir (como decía Cortázar). Ninguno de los productos que acabo de nombrar tiene paciencia con la estupidez ni con la falacia moral.
 
Son etapas, claro, Rousseau tenía razón: nacemos inteligentes y poco a poco vamos aprendiendo a ser brutos, que es lo que otros llaman madurar. 
06 maggio

Clases de Geografía!!!

Desde chicos nos explicaron que para saber si un perro es joven o viejo había que multiplicar su edad biológica por 7. Con los países, entonces, hay que  dividir su edad por 14 para saber su correspondencia humana.
¿Confuso? En este artículo pongo algunos  ejemplos reveladores.
 
  Argentina nació en 1816. Tiene ciento ochenta y nueve años. Si lo dividimos por 14, Argentina tiene trece años y cuatro meses. O sea, está en la edad del pavo. Argentina es rebelde, es pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné.  Por eso le dicen el granero del mundo.

  Casi todos los países de América Latina tienen la misma edad y como pasa siempre en esos casos, hay pandillas. La pandilla del Mercosur son cuatro adolescentes que tienen un conjunto de rock. Ensayan en un garage, hacen mucho ruido y jamás sacaron un disco. Venezuela, que ya tiene tetitas, está a punto de unirse para hacer los coros. En realidad quiere follar con Brasil, que tiene catorce y la porronga grande. Son chicos; un día van a crecer.
 
  México también es adolescente, pero con ascendente  indio. Por eso se ríe poco y no fuma un inofensivo porro como el resto de sus amiguitos. Fuma peyote y se junta con Estados Unidos, que es un retrasado mental de 17 que se dedica a matar a chicos hambrientos de seis añitos en otros continentes.
  En el otro extremo, por ejemplo, está la China milenaria: si dividimos sus 1.200 años entre 14, nos da una señora de ochenta y cinco, conservadora, con olor a pis de gato, que se la pasa comiendo arroz porque no tiene para comprarse la dentadura postiza. Tiene un nieto de ocho, Taiwán, que le hace la vida imposible. Está divorciada hace rato de Japón, que es un viejo cascarrabias al que todavía se le para la chota. Japón se juntó con Filipinas, que es jovencita, es boluda y siempre está dispuesta a cualquier aberración a cambio de dinero.

  Después están los países que acaban de cumplir la mayoría de edad y salen a pasear en el BMW del padre. Por ejemplo Australia y Canadá. Estos son típicos países que crecieron al amparo papá Inglaterra y de mamá Francia, con una educación estricta y concheta, y ahora se hacen los locos. Australia es una pendeja de 18 años y dos meses que hace topless y coge con Sudáfrica; Canadá es un chico gay emancipado que en cualquier momento adopta al bebé Groenlandia y forman una de estas familias alternativas que están de moda.
 
   Francia es una separada de 36 años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas.
 
  Italia es viuda desde hace mucho tiempo. Vive cuidando a San Marino y a Vaticano, dos hijos católicos idénticos a los mellizos de los Flanders.  Italia estuvo casada en segundas nupcias con Alemania (duraron poco: tuvieron a Suiza) pero ahora no quiere saber nada con los hombres. A Italia le gustaría ser una mujer como Bélgica, abogada, independiente, que usa pantalón y habla de tú a tú de política con los hombres. (Bélgica también fantasea a veces con saber preparar spaghettis.)
 
   España es la mujer más linda de Europa (posiblemente Francia le haga sombra, pero pierde en espontaneidad por usar tanto perfume). España anda mucho en tetas y va casi siempre borracha. Generalmente se deja coger por Inglaterra y después hace la denuncia. España tiene hijos por todas partes (casi todos de trece años) que viven lejos. Los quiere mucho, pero le molesta que los hijos, cuando tienen hambre,  pasen alguna temporada en su casa y le abran la  heladera.

  Otro que tiene hijos desperdigados es Inglaterra. Gran Bretaña sale en barco a la noche, se culea pendejas y a los nueve meses aparece una isla nueva en alguna parte del mundo. Pero no se desentiende: en general las islas vivien con la madre, pero  Inglaterra les da de comer. Escocia e Irlanda, los hermanos de Inglaterra que viven el el piso de arriba, se pasan la vida borrachos, y ni siquiera saben jugar al fútbol. Son la vergüenza de la familia.

  Suecia y Noruega son dos lesbianas de 39, casi 40, que están buenas de cuerpo a pesar de la edad y no le dan bola a nadie. Cogen y laburan: son licenciadas en algo. A veces hacen trío con Holanda (cuando necesitan porro), y a veces le histeriquean a Finlandia, que es un tipo de 30 años medio andrógino que vive solo en un ático sin amueblar, y  se la pasa hablando por el móvil con Corea.
 
Corea (la del sur) vive pendiente de su hermana esquizoide. Son mellizas, pero la del norte tomó líquido amniótico cuando salió del útero y quedó  estúpida. Se pasó la infancia usando pistolas y ahora, que vive sola, es capaz de cualquier cosa. Estados Unidos, el retrasadito de 17, la vigila mucho, no por miedo, sino porque quiere sus  pistolas.

   Israel es un intelectual de sesenta y dos años que tuvo una vida de mierda. Hace unos años, el camionero Alemania (que iba por la ruta mientras Austria le chupaba la pija) no vio que pasaba Israel y se lo llevó por delante. Desde ese día, Israel se puso como loco. Ahora, en vez de leer libros, se la pasa en la terraza tirándole cascotes a Palestina, que es una chica que está lavando la ropa en la casa de al lado.
 
   Irán e Irak eran dos primos de 16 que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día le robaron un respuesto a la motoneta de Estados Unidos, y se les acabó el negocio. Ahora se están comiendo los mocos.
 
   El mundo estaba bien así, es decir, como estaba.  Hasta que un día Rusia se juntó (sin casarse) con la Perestroika y tuvieron docena y media de hijos. Todos raros, algunos mogólicos, otros esquizofrénicos.
 
   Hace una semana, y gracias a un despelote con tiros y muertos, los habitantes serios del mundo  descubrimos que hay un país que se llama  Kabardino-Balkaria. Un país con bandera, presidente, himno, flora, fauna, ¡y hasta gente!
 
 A mí me da un poco de miedo que nos aparezcan países de corta edad, así, de repente. Que nos enteremos de  costado, y que incluso tengamos que poner cara de que ya sabíamos, para no quedar como ignorantes.  ¿Por qué siguen naciendo países nuevos -me pregunto yo- si los que hay todavía no funcionan?
 
PC Magazine Editors'
04 aprile

Que Somos?

Nuestro plato nacional es el pabellón criollo, pero Venezuela es uno de los países en los que más se consume pasta en el planeta y difícilmente haya en Estados Unidos alguna ciudad que tenga más carritos de perros calientes y hamburguesas que Caracas.

Los de Caracas comemos pargo frito en la playa y sushi en la ciudad; los de Margarita se hacen una inmensa arepa en la mañana y toman whisky escocés en la tarde; los del Zulia cubren su dieta de salsa rosada, que hasta donde sé no es de origen indígena: se compone de la mayonesa que inventaron los franceses y el ketchup que los ingleses trajeron de la India. La merienda típica de un almuerzo es una canilla, una baguette, con Coca Cola; las empanadas de cazón de Paria llevan curry; y nadie parece encontrar ningún problema en salir a manifestar contra Bush y luego almorzar en un McDonald’s, o en salir a manifestar contra Fidel y en la tarde comprarse un disco de Buena Vista Social Club en Esperanto.

Cuando hablamos, nos tragamos las S como los andaluces y los canarios que se regaron por el Caribe. Llano adentro se consigue un castellano del Siglo de Oro y en los Andes el áspero español septentrional que dejaron los vascos. Todos usamos todo el día el O. K. de los gringos y el pana que tal vez vino de Panamá. Nos vestimos imitando a las estrellas del espectáculo global,mostrando mucho el cuerpo, repletos de marcas y de publicidad gratuita. Nos quejamos de la globalización pero 53% de nosotros usa Internet.

Distintas estadísticas (económicas, políticas por ejm) dicen que somos muy distintos, que hay mucha distancia entre unos y otros. En efecto,hay varios aquí que pueden sentarse a conversar sin ningún complejo con cualquier abogado rico de la Quinta Avenida de Nueva York, mientras que otros comparten el mismo drama que un vendedor ambulante de Mauritania o un escolar de Camboya. Pero pocos de nosotros no saben bailar aunque sea merengue, se resisten a un tequeño o carecen de ese incombustible sentido del humor que actúa hasta en la puerta de las funerarias. En Vista Arriba o en El Guarataro, en Mérida o en San Juan de las Galdonas, vemos mucha tele,bebemos mucha cerveza,sabemos de qué va el reguetón, estamos al tanto del embarazo de Angelina Jolie y soltamos los zapatos a las tres de la mañana, cuando la fiesta llega al clímax, para bailar tambores.

Nos levantamos a las 4:00 am si hay que hacerlo, pero salimos disparados del puesto de trabajo para tomarnos un café apenas se presenta la ocasión. Somos más confianzudos que corteses, más metiches que solidarios, más anárquicos que democráticos, pero quien vive entre nosotros y luego se va, extraña siempre un fulano calor humano cuya ausencia notamos todos apenas nos alejamos del Ecuador. Nos jactamos de ser optimistas y nos gusta decir “pa’ lante es pa’ allá”, sin saber mucho qué carrizo significa.

Se nos llama “pueblo sin memoria”, pero también nos cuesta horrores pensar en el futuro, de manera que vivimos en una suerte de presente absoluto y perpetuo al que tratamos de sacarle el máximo. Sin embargo, podemos aferrarnos por décadas a ciertas ideas fijas que no aguantarían dos minutos de argumentación seria. Aún así, somos notablemente flexibles y contradictorios; nuestra conciencia es como una cálida piscina en la que todo dogma se disuelve, porque casi nada podemos tomarlo demasiado en serio, así que el fanatismo simplemente no nos va fuera del estadio de béisbol, nadie logra aquí dársela de puro, de íntegro, porque, aquí, toda ortodoxia termina derretida bajo la inclemente resolana de nuestro hedonismo.

Somos jabonosos para los ejecutivos de mercadeo, impredecibles para los urbanistas y escurridizos para los mandones. Somos muchas cosas a la vez. Nadie nos entiende, empezando por nosotros mismos, pero ahí vamos. Cada día simplemente volvemos a amanecer siendo nosotros, lo que sea que eso sea. En materia de identidad, aquí nadie es inmaculado y clasificable: todos tenemos rabo de paja. Un rabo de paja que movemos muy bien al son que nos provoque.


Rafael Osío Cabrices
 

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